
Nuestra historia
De San Miguel
al mundo entero.
"Llegamos sin un dólar en el bolsillo, sin idioma, sin contactos y sin un plan B. Antes de cumplir los 27 ya nos habíamos retirado nosotros y habíamos retirado a nuestros padres. No es suerte: es familia, fe y trabajo sin descanso."
— Rayden González
Capítulo I — Somos seis, somos uno
Esta historia se cuenta de a seis, porque ninguno de nosotros existe del todo sin los otros cinco. Ernesto y Dianelys, mis padres, nacieron en 1979 en La Habana — la misma generación que aprendió desde niña a hacer mucho con muy poco. Yo, Rayden, nací en 1999 en San Miguel del Padrón, el barrio donde ellos crecieron, donde aprendí lo que era una cuadra, una mesa y una palabra dada. Ricardo, mi hermano, llegó en 2007: el último cubano de la casa, el bebé eterno, el de los videojuegos y la risa fácil. Lenna, mi esposa, vino del otro extremo de la isla — santiaguera de Santiago de Cuba, criada con el calor del oriente, hecha de carácter y de ternura en partes iguales. Y Bella, nuestra hija, nació en Estados Unidos en 2025: la primera de toda la familia que no abrió los ojos en Cuba, y la prueba viviente de que los sueños sí se heredan.
Capítulo II — La isla que nos formó
Crecer en Cuba no se cuenta en una frase. Es despertarte sin saber si va a haber luz, agua o pan. Es ver a tu madre estirar un kilo de arroz para una semana entera. Es escuchar discursos que prometen un futuro que nunca llega, mientras afuera, en silencio, los vecinos se van. Esa Cuba nos apretó, sí — pero también nos esculpió. Nos enseñó a inventar de la nada, a reírnos del problema antes que el problema se ría de nosotros, a no rendirnos aunque la puerta esté cerrada con candado.
Mis padres levantaron una cafetería primero y un restaurante después, en una época donde tener un negocio propio era casi un acto de rebeldía. De ahí vienen los olores que todavía me persiguen: el café colado a las cinco de la mañana, el ajo en el aceite, el pan recién horneado. De ahí viene también algo más profundo: la certeza de que el trabajo dignifica, que la mesa une, y que servir a otros es una forma de amar.
Capítulo III — El mar, la frontera, la espera
Salir de Cuba no es un viaje: es una decisión que parte la vida en dos. Lenna fue la primera en cruzar, en 2019. Pasó por Costa Rica, vivió de prestado, durmió donde pudo, y en 2021 pisó por fin Estados Unidos. Lo que la recibió no fue una bienvenida: fueron tres meses encerrada en un centro de detención. Allí, rodeada de mujeres brasileñas que no conocían su idioma ni ella el de ellas, hizo lo que solo los valientes hacen — convirtió la celda en aula y aprendió portugués. Salió de ahí con un acento nuevo y con la mirada de quien ya no le tiene miedo a casi nada.
Yo salí en 2022, después de años inventando, vendiendo, ahorrando moneda a moneda lo que costaba el boleto a la libertad. Nos conocimos en Florida en 2023, dos cubanos perdidos en un país inmenso que de pronto se hizo pequeñito porque encontramos uno en el otro lo que el exilio nos había quitado: hogar. Le propuse matrimonio en Puerto Rico, frente al mar Caribe — el mismo mar que nos había separado de los nuestros, ahora cómplice del comienzo.
Capítulo IV — Construir desde cero, otra vez
Cuando llegué, Lenna ya estaba levantando un pequeño negocio desde la sala de su casa, con una computadora prestada y muchas horas robadas al sueño. No tuve que pensarlo: me puse a su lado. Juntos formamos Auto Tags and Title Central Corp y, más adelante, Raydn Services LLC. Trabajábamos diecisiete, dieciocho horas al día. Comíamos parados. Aprendíamos leyes, sistemas, software y clientes a fuerza de equivocarnos en público.
Hubo meses en que dudamos. Hubo noches en que el cansancio pesó más que la fe. Pero gracias a Dios, a nuestra terquedad cubana y a una disciplina que aprendimos viendo trabajar a nuestros padres en aquella cafetería de La Habana, los dos negocios despegaron. Hoy son la base sobre la que se sostiene todo lo demás: los viajes, la cámara, la libertad, la mesa donde nos sentamos los seis.
Capítulo V — Cuatro años de distancia
Mientras nosotros construíamos en Florida, mis padres y Ricardo seguían en la isla, contando los días. Cuatro años duró esa distancia. Cuatro Navidades por videollamada, cuatro cumpleaños sin abrazo, cuatro inviernos en que mi madre apagaba la cámara para que no la viéramos llorar.
Intentaron salir. Vendieron lo poco que tenían, llegaron a México y esperaron un año completo en la frontera, viviendo de la esperanza y de la ayuda que podíamos mandarles. Pero el camino no se abrió. Tuvieron que regresar a Cuba con las manos vacías y el alma rota, y con ellos se fue también muchísimo dinero que nos había costado años juntar. Fue uno de los golpes más duros que esta familia ha recibido. Lenna y yo, por nuestra parte, vivimos travesías que algún día contaremos completas — historias que parecen guion de película y que solo entiende quien ha tenido que dejarlo todo para empezar de nuevo.
Capítulo VI — El reencuentro
En algún punto entendimos algo que cambió el rumbo: el sueño americano, tal y como nos lo habían pintado, no era nuestro sueño. Lo nuestro era más sencillo y más radical a la vez — estar juntos los seis, vivos, sanos, libres, donde fuera que el mapa lo permitiera. Así nació esta nueva etapa: dejar de perseguir un país y empezar a perseguirnos los unos a los otros, encontrándonos en cualquier lugar del mundo donde pudiéramos abrazarnos sin pedir permiso.
A mis 26 años y los 25 de Lenna, logramos retirarnos nosotros y, lo que nunca soñamos en voz alta, retirar también a mis padres. Verlos descansar después de toda una vida trabajando, verlos subir a un avión sin miedo, verlos cargar a Bella por primera vez — eso no se compra, no se explica y no se olvida. Hoy somos seis viajando juntos, con Ricardo entrando en su mejor versión y con Bella en brazos descubriendo el mundo. Esta historia, en realidad, recién empieza.
Capítulo VII — Por qué viajamos juntos
Viajamos juntos porque el mar nos robó cuatro años y nos hemos jurado no devolverle ni uno más. Viajar en familia es nuestra forma de poner el reloj a favor: cada amanecer compartido es un día que le ganamos a la distancia. Cocinamos donde podemos, comemos rico siempre que se puede, le vamos al Barça con la misma pasión que se le va a una religión, discutimos de fútbol como si nos fuera la vida en ello, jugamos con Ricardo como cuando era niño, cargamos a Bella por medio mundo. Y mientras tanto, grabamos — no para presumir, sino para no olvidar.
Capítulo VIII — Por qué YouTube
Abrimos el canal por una razón muy simple y muy grande al mismo tiempo: si nuestra historia le sirve a una sola familia para no rendirse, ya valió la pena cada cámara, cada vuelo y cada noche en vela editando. Si una familia cubana que empezó literalmente sin un dólar pudo llegar hasta aquí, tú también puedes con lo tuyo — sea cual sea tu punto de partida, tu pasaporte o tu herida.
Todo es posible cuando trabajas con disciplina, cuando crees en algo más grande que tú, y cuando tienes clarísimo qué es lo importante. Para nosotros, desde San Miguel del Padrón hasta el último rincón del mundo, lo importante siempre ha sido lo mismo, y siempre lo será: la familia primero.
"Orgullosos de ser cubanos."
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